El pasado fin de semana se llevó a cabo el 15° Encuentro del Club Siambretta Chivilcoy. Ver casi 100 motocicletas, escuchar ese ruido característico y sentir la camaradería fue, sencillamente, revivir una época dorada de la movilidad argentina.
El balance de la organización es unánime y lo palpé en cada rincón. “Estamos muy contentos, fue un fin de semana donde el tiempo nos acompañó y tuvimos la participación de distintos clubes de online shop viagra us la Provincia de Buenos Aires”, me comentó Eduardo Frías, el presidente del Club Siambretta Chivilcoy, con una sonrisa de oreja a oreja. La fiesta se sintió en el predio de la familia Salas, epicentro de todo el movimiento durante el sábado 22 y domingo 23 de noviembre.
No solo fue una exposición; hubo pruebas, competencias tradicionales, y el ambiente de intercambio fue total. Pude charlar con delegaciones que vinieron desde Quilmes, Pergamino y Luján, además de aficionados que llegaron de Rojas, Moreno y hasta la mismísima Mar del Plata.
El broche de viagra preis in deutschland oro, como es tradición, llegó el domingo, al ver la caravana de Siambrettas dándole la vuelta a la Plaza 25 de Mayo, escoltados por la Guardia Urbana y Tránsito, para luego rematar con el almuerzo en El Palomar.
El ADN de la Siambretta
Para entender esta pasión, hay que ir a la raíz. Como bien me explicó Alejandro Petinelli, responsable de “El Siambrettista”, todo se remonta a fines de 1954. Fue entonces cuando el conglomerado SIAM importó las matrices de la Lambretta italiana para un cambio fundamental en la movilidad popular. En 1956, la planta de Avellaneda ya estaba lista para producir los motores, y ese año la motoneta argentina, la Siambretta, rugió por primera vez en el mercado. Es historia sobre dos ruedas.

Mi Viaje en Sidecar
Pero lo que más me impactó fue la historia de Oscar Etchard. Este fotógrafo profesional de propecia dans les coins secrets Mar del Plata no vino en un auto moderno: llegó en su Siambretta con un sidecar y yo tuve el privilegio de acompañarlo en una de las pruebas de destrezas.
“Vinimos andando los 500 kilómetros”, me relató Óscar, mientras me acomodaba en el asiento; “el primer día con muchísima lluvia y viento, pero estoy feliz, porque venimos a encontrarnos con los amigos. Venimos a disfrutar, con dos días de viaje”.
La experiencia en ruta, me confiesa, es su máxima felicidad. Y ahora entiendo por qué. “Viajamos entre 50 y 60 kilómetros por hora en la Siambretta, sintiendo el aire y viendo cómo los camiones nos pasaban tocándonos bocina, “sin ningún problema”, aclara Óscar, señalando la camaradería en la ruta.
Este viaje, en realidad, es una prueba de fuego. Su joya ha sido restaurada con un objetivo épico: encarar la legendaria Ruta 40 el año próximo. “Tengo previsto viajar seis meses en la Siambretta. Después de 40 años de trabajo, la idea es disfrutar. Todos los años voy a un encuentro, y este viaje es para ver cómo responde y qué hay que ajustar”, me confesó, demostrando que la pasión no tiene fecha de caducidad, solo una ruta por recorrer.



